El objetivo de este escrito es darles una recomendación de excursión que no la he visto en ningún manual de montañismo pero créanme que les va a ahorrar muchas rabietas e inconvenientes.

Es simple: cuando vayan de excursión, si van a llevar a un guía traten de que no sea un LOCO. Averigüen sobre la experiencia de su guía, que trayectos ha realizado, si conoce el camino y todo lo demás, pidan referencias a quienes lo conozcan porfa.
Les voy a contar mi experiencia para que se convenzan de lo importante de esa recomendación:

Después de visitar en Caracas las interesantes “Cuevas del Cafetal” quedé con el gustico de ir a visitar y conocer otras cuevas que fuesen de fácil acceso aquí mismo en la Capital pero como estoy consciente de que no son abundantes me puse a preguntar y me acordé de un gocho ex compañero de la universidad que tenía cierta fama de extravagante y se la pasaba aventurándose en el Ávila por caminos desconocidos y, según él, había descubierto una cueva.

Contacté al susodicho el cual me dijo que con gusto me llevaría hasta ese idílico paraíso, (así lo llamó el vergajo ese).

Nos fuimos por un camino bien fastidioso y cansón, había selva tupida, mosquitos, hormigas, abejitas que se pegaban al cabello, bueno de todo lo que se puedan imaginar.

El recorrido duró hoooras. Yo estaba al extremo del cansancio. Tenía ganas de tenderme en el suelo y descansar un poco.

Cuando por fin llegamos veo dos pedazos grandes de piedra, una inclinada sobre la otra y apoyadas contra otra pared de piedra, sin mucha altura, nada llamativo.
.
¿Esta vaina es tu famosa cueva? Le pregunto. Y me responde: “bueno ¿y que mas quieres? ¡Acaso la Cueva del Guácharo!”


Me asomo dentro de eso que él llamaba cueva. Con solo estirar el brazo se podía tocar con la mano la pared del fondo. Arriba vi algo en la oscuridad que parecía una estalactita pero se veía muy negra y gruesa, no se podía distinguir que era.
Apenas me descuidé un segundo y miré hacia otro lado. Sin darme cuenta al muérgano ese se le ocurre darle un golpe a la estalactita con un palo y ahí fue que se dio cuenta que no era una estalactita sino un panal de avispas.

El sale corriendo a millón sin decirme nada. En un principio creí que le había salido un oso de la maleza (y lo hubiese preferido) pero cuando veo ese ejercito de avispas enfurecidas pego la carrera en sentido contrario a mi amigo a ver si las avispas se decidían a atacar al desgraciao ese en vez de a mi.

Yo no se por donde se metió el, pero yo corrí despavorido sin pararle a cansancio, ni a sed ni a nada.

Y me resultó muy buena la carrera porque nada mas que me picaron dos. Lo malo fue que una me picó cerca del ojo (que se me puso monstruoso) y el otro en un labio que se me hinchó tanto que parecían los labios que se pintan los payasos.

En un abrir y cerrar de ojos me había convertido en un mounstrico gracias al desgraciao ese que me llevé de guía. Y así mismo tenía que llegar al transporte, al metro o agarrar una camionetica para irme a mi casa.

Cuando venía bajando del Ávila tenía la esperanza de que se me desinflamara la cara pero fue al contrario, con el sol eso se me hinchó enormemente.

Que pena me dio cuando llegué al metro a comprar el ticket. Supongo que no es muy común ver a lo más parecido a un extraterrestre comprando un boleto. Me monté en el vagón y me asomé en el vidrio a ver como iban evolucionando mis heridas, pero que va, estaba convertido en un horroroso pokemón.

Después de varios meses vi al muérgano ese vendiendo chicha en la calle en un carrito de la franquicia de “Juan Chichero”. Mi primera reacción fue caerle a piedras pero decidí solo acercarme y reclamarle y todavía tuvo el tupé de decirme: “Bueno y ¿usted no quería aventuras?”

Con amigos como ese ¿Quién necesita enemigos?

Espero sigan mi consejo en cuanto a la elección de un buen guía. Si quieren ver las fotos de las Cuevas del Cafetal entren a esta página:
http://www.diezmandamientos27.blogspot.com/, esas sí son cuevas y ahí si se disfruta.

Chao, los quiero mucho.